Sí, Andrés Manuel

Votaré, sí, por Andrés Manuel López Obrador este 1 de julio. Es, de los tres candidatos de peso, el único que me parece en realidad accesible, el único al que percibo abierto al diálogo y al que, sin dudarlo, encararía e increparía una y otra vez si su mandato se desviara de lo que imagino que podría ser: la mejor opción para un mancillado México. Es, sí, un miembro de la clase política mexicana, aunque él insista en que su costal es otro. Como todo político, ha tenido que lidiar con la gran corrupción que nos aqueja. Pese a todo, creo que lo ha hecho mejor que cualquier otro político. Pero no deja de ser político. Y yo no dejo de ser ciudadano. Por lo mismo, no anularé mi voto: mi estatura moral es promedio.
A lo largo de las últimas semanas he visto a muchos rasgarse las vestiduras y pronunciar sus miedos hacia AMLO. Miedos que, me temo, son fruto de un clasismo y un racismo arraigados en la pequeñoburguesía mexicana. O en su clase media más pudiente, para usar otro lenguaje. He visto el desfile de una serie de hombres mayores de 50 años que, conservadores y retrógradas, llaman a las ideas pero recurren a la descalificación artera: apelan a la historia en sus argumentos y luego recuerdan el plantón de Reforma como lo peor que le ha pasado a la nación, como si el legado del PRI en sus casi 100 años de historia no estuviera lleno de momentos de real y sangrienta violencia, para no citar los seis en los que el PAN consiguió casi 90 mil muertos. He visto a mujeres y hombres de mi generación temerosos de que los despojen de sus bienes, ciertos de que AMLO será el próximo Chávez de la región: nada más alejado de la realidad. Hay que informarse. No hay que ver tanta televisión. Hay que combatir la ignorancia, no alimentarla, que estamos sobrados de ella.
México cambió en 12 años, sí. Pero no cambió como nos hubiera gustado que cambiara. El origen del cambio, el punto de partida de la transición hacia una democracia que dista mucho de consolidarse, fue, sí, en el 2000, cuando se votó a un hombre que demostró ser un idiota, hoy más que nunca: sacó al PRI de Los Pinos y ahora, con sus declaraciones desaforadas, quiere meterlo allí de nueva cuenta: Fox no fue, no es más que otro muñeco, insuflado de vida por la coyuntura y no por un proyecto de largo aliento, un proyecto nacional en el que, como todo ciego de poder, su partido no se ha detenido a pensar. Poder mata proyecto. Y gente. Cerca de 90 mil muertos, insisto. Mexicanos desechables, sin nombre, anónimos salvo por el color de su sangre, idéntica a la nuestra. Desde las cabezas de Uruapan hasta los mutilados de Cadereyta, los muertos de Calderón han sido acallados en su evidente elocuencia. No más muertos. Hay que combatir, sí, al crimen organizado. Pero hay que dar grandes pasos para hacerlo: hay que ser un estadista, no un mero repartidor de armas y balas.
¿Representa AMLO ese cambio? No lo creo. Pero sí creo que podría encender la chispa de ese cambio, no sumarse al marasmo de violencia y al envilecimiento de las clases pudientes, tanto políticas como empresariales. En AMLO arde el rescoldo de una izquierda hace tiempo sofocada; pero arde aún, avivado, sí, por todas y cada una de sus contradicciones. Y por todas y cada una de sus virtudes. Si bien su honestidad valiente no me parece a prueba de balas, le creo cuando se dice honesto. Es un político que hizo su carrera de la nada. No es un muñeco arropado y maquillado por las televisoras y los poderes fácticos (de hecho, es un hombre que no luce bien en la televisión, es difícil mediatizarlo, piensa lo que dice y lo dice morosamente): no es, pues, el actor de telenovela que Enrique Peña Nieto encarna, botarga última del priismo y sus cínicos aliados. Tampoco es un títere. Y mucho menos es una mujer confundida de serlo en su “diferencia”, con la mano tachada de azul, como Josefina Vázquez Mota (que es una mujer, sí, luchona: rebasó a su partido sólo para dejarse alcanzar de nuevo y caer de boca en el fango de su mediocridad, mala dicharachera y pésima actriz de superación personal, habitante de mundos imaginarios que, ay, están sólo en su cabeza; es una pena: todo lo rescatable que veo en ella se despinta cuando su voraz oportunismo la opaca).
Me pronuncio, sin más: te daré mi voto, Andrés Manuel, con la esperanza de que seas presidente de México. Y si llegas a serlo, yo, como todos los que te votaremos, me sumaré a un proyecto de reconstrucción nacional, siempre vigilante de tus acciones. Haré lo mismo si no llegas a serlo, también. Quiero que México sea un buen país para mi hija, para los hijos que he hecho míos, para mi familia, para mis amigos, para mis colegas, para todos los mexicanos que tendríamos que aprender, hoy más que nunca, que un presidente no lo es todo.