Las lecturas y los días

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22 de febrero de 2013

Ya no es un bebé pero siempre será mi bebé. Hoy, Anna, mi hija, cumple tres años, ya transformada en una niña que camina y habla y se ríe y hasta discute. Hoy, también, le quitaremos los barrotes a su cuna. Dormirá, por así decirlo, en plena libertad. La pienso dormida en su Moisés, junto a nuestra cama, hace tres años, y pasan ante mí diapositivas que se me antojan añejas, cubiertas de la pátina de luz del tiempo pasado. Tres años, una vida. De pronto, en mi cabeza se escucha “Crazy Love” de Van Morrison, si bien la canción que pongo y que corresponde a este momento, aquí y ahora, es “Into the Mystic”, y así se siente la sangre que corre por mis venas y por las venas de Anna, mezclada con la sangre de MP, mi amor y su mamá. Anna luego dice: “¿Mamá es tu amor?” Y yo: “Sí, es mi amor.” Y es el amor con el que hicimos a Anna, que ahora lo recuerda todo. No digo más. Canto.

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Siete libros, un año

Yacen aquí, junto a mí, apilados sobre mi mesa de noche: siete libros aparecidos en México en 2012 y que me parecen los mejor editados (es decir, parte de un proceso que comienza con la escritura de un manuscrito y termina con la impresión del libro, luego de las correcciones, las lecturas y el diseño editorial, entre otras). Me parecen, también, parte de lo mejor que se manifiesta en nuestra narrativa presente. Hay más, por supuesto, pero estos son mis siete, en mero orden alfabético:

Largas filas de gente rara (México: FCE), Luis Jorge Boone. Después de leer Las afueras (México: Era, 2011), uno de los mejores libros publicados el año pasado, no pude sino seguirme de corrido con los cuentos de Boone (Monclova, 1977), escritor que no deja de sorprenderme por su oficio nato.

Despertar con alacranes (México: Tierra Adentro), Javier Caravantes. Si el año pasado Tierra Adentro publicó los relatos que conforman Cosmonauta, de Daniel Espartaco Sánchez (Chihuahua, 1977), convertidos en el que me pareció el mejor libro del género aparecido el año pasado, ahora apareció este notable volumen y ópera prima de Caravantes (Atlixco, 1985).

La torre y el jardín (México: Océano), Alberto Chimal. Esta novela no tiene parangón en nuestras letras: Chimal (Toluca, 1970) es un escritor de una originalidad pasmosa, deslumbrante, y este libro es el punto más alto de una prolífica carrera sostenida con pulso y llevada a su mejor expresión.

El libro de las explicaciones (Oaxaca: Almadía), Tedi López Mills. Ahora que la autoficción es el género preferido de las editoriales, López Mills (Ciudad de México, 1959) demuestra que no todo son fuegos artificiales. Su libro trasciende la idea del ensayo como centauro y aparece en nuestras letras como una rara y celebrable ave, imposible de imitar.

El mal de la taiga (México: Tusquets), Cristina Rivera Garza. Desde La cresta de Ilión (México: Tusquets, 2002), no había leído otro libro breve de Rivera Garza (Matamoros, 1964) que destilara su virtud y su conocimiento literarios. Una pequeña gema de ficción originaria.

Autos usados (México: Mondadori), Daniel Espartaco Sánchez. Lo que he dicho de este libro puede leerse aquí.

El beso de la liebre (México: Alfaguara), Daniela Tarazona. Si hay alguien que ha domeñado una voz y destilado sus influencias literarias hasta conquistar una literatura en estado puro, ésa es Tarazona (Ciudad de México, 1975), otra narradora sin parangón.

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Turn on the Bright Lights

Hoy, hace 10 años, apareció Turn on the Bright Lights de Interpol. Yo tenía 32, cumplidos 11 días antes. Llevaba cerca de 8 meses sin fumar y 9 de haber regresado a México después de vivir un par de años en Londres. No recuerdo cómo celebré aquel cumpleaños. 2002 es un año difuso en mi memoria. Tampoco escuché a Interpol entonces, lo habré hecho un año después, en 2003, que sí fue un buen año o eso creo. La recomendación vino de Nicolás Cabral. Y lo primero que pensaba uno al esuchar a Interpol era en Joy Division, aunque es en realidad Television el grupo con el que más deuda tienen Paul Banks y compañía. Son, sí, Tom Verlaine y Richard Lloyd los padrinos del sonido de Interpol, construido a partir del juego entre un par de guitarras, sostenido por una notable base ritmica de bajo y batería, ilustrado por la voz. Si hay un disco en el que Turn on the Brigh Lights encuentra su origen, ése es el Marquee Moon de Television, aparecido en 1977, año en el que el punk hizo implosión y en Estados Unidos nació su genial, insuperable rebaba. Hoy, a 10 años de distancia, el Turn on the Bright Lights suena mejor que nunca. Y es insuperable en su brío indie, aunque ya sea mainstream y haya encontrado su justo sitio de obra maestra en la historia del rock. Eso.

    • #interpol
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    • #2002
    • #august
    • #19
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La esperanza no es en definitiva lo mismo que el optimismo. No es la convicción de que algo saldrá bien, sino la certeza de que algo tiene sentido, más allá de cómo se resuelva. Es esta esperanza, sobre todo, lo que nos da fuerza para vivir e intentar nuevas cosas continuamente, aun en condiciones que parecen tan desesperanzadoras como las nuestras, aquí y ahora.
Vaclav Havel
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Una y otra vez se nos obliga a decir: Sí, es un buen proyecto pero en este momento no tenemos dinero, tiempo, energía y demás para realizarlo. O: Esta es una maravillosa tradición, pero en este momento no existe interés en ella y nadie quiere continuarla. O: Esta utopía es hermosa pero, desafortunadamente, hoy nadie cree en utopías, etcétera. El presente es un momento en el tiempo en el que decidimos bajar nuestras expectativas de futuro o abandonar algunas de las queridas tradiciones del pasado para así pasar por la estrecha puerta del aquí-y-ahora.
Boris Groys en Comrades of Time. (via guillermoinj)
  • 10 months ago > guillermoinj
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Aquí no pasa nada (Crónica de un voto anunciado)

Ayer salimos temprano de la casa, contemplamos la larga fila de votantes sobre la banqueta de Copilco, entre Revolución e Insurgentes (hay un panteón allí) y enfilamos hacia el segundo piso del Periférico y hacia el norte, con dirección al número 77 de la calle de Carolina, a un paso de la Plaza México. Durante el trayecto, en la radio pasaron “Aquí no pasa nada” de los Caifanes, parte de una programación de ánimo electoral, muy bien armada por 90.9, Radio Ibero. La canción me conmovió, además de provocarme una sensación aciaga que convivía con una esperanza moderada, tensa, ansiosa. Llegamos a nuestro destino. Anna se quedó en el coche con MP y yo me fui a hacer fila. Mi casilla estaba a reventar. Cuarenta minutos después, voté. Le agradecí a mis prójimos ciudadanos su labor. Y, con el pulgar derecho doblemente marcado, nos conduje a casa de mis padres, en donde tomamos un brunch familiar en el que poco hablamos de las elecciones (ya habíamos agotado el tema el domingo anterior). Se hizo, entonces, la espera. Ni siquiera la final de la Eurocopa nos sirvió de distractor: se fue la luz, Anna se hizo popó en los pañales luego de destapar un bote de pintura negra y manchar el diván de mi hermana, la copiosa lluvia hizo que la energía eléctrica tardara en restablecerse… Un domingo atípico, de espera. Por la tarde me hice de sábanas, toallas y cojines nuevos. Hacia las ocho de la noche salimos de nueva cuenta de la casa. Unos buenos amigos nos habían invitado a contemplar el resultado preliminar de las elecciones en su casa de paso, ellos mismos de paso por México, en donde ahora no viven, pero adonde vinieron a visitar familia, amigos y a pasar unas vacaciones. El guión de Televisa, presentado por Joaquín López Dóriga y largamente planeado tanto por la televisora como por el PRI y no sé qué otros poderes fácticos, llegaba a su clímax. JVM declinó, sin coraje, muy temprano: sólo entonces, me quedó muy claro cuál había sido su diferencia. Luego, ya más tarde y tras contemplar encuestas de salida muy desagradables, el consejero ciudadano presidente del IFE adelantó y emitió su mensaje, en el que comprobaba el horror. El presidente le dio, pronto, el espaldarazo a EPN. Después, habló Andrés Manuel, pero su mensaje fue diferido y no se presentó en tiempo real (alguna excusa dio la botarga López Dóriga). Finalmente, cuando ni Anna ni nadie podíamos más (mi hija se mantuvo despierta hasta poco antes de la medianoche), EPN celebró, de manera adelantada y urgida, su victoria. Encontré, en la elocuencia de su sonrisa (una sonrisa a la vez cándida y macabra), nuestro destino inmediato: un viaje al pasado del mejor, que es el peor, PRI, luego de 12 años de una alternancia fallida. Hay que esperar, sí, el resultado final, así como el pronunciamiento y la toma de postura de Andrés Manuel. La canción de los Caifanes resonaba y resuena aún en mi cabeza: “Hace tiempo me dijeron/ Aquí no pasa nada/ Que todo está guardado/ Para que no le pase nada/ Que esta tierra es de ciegos/ Y el tuerto está en el cielo/ Para guardarlo todo/ Y que no le pase nada.” Y espero. Aún espero. Espero con los ojos bien abiertos.

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Sí, Andrés Manuel

Votaré, sí, por Andrés Manuel López Obrador este 1 de julio. Es, de los tres candidatos de peso, el único que me parece en realidad accesible, el único al que percibo abierto al diálogo y al que, sin dudarlo, encararía e increparía una y otra vez si su mandato se desviara de lo que imagino que podría ser: la mejor opción para un mancillado México. Es, sí, un miembro de la clase política mexicana, aunque él insista en que su costal es otro. Como todo político, ha tenido que lidiar con la gran corrupción que nos aqueja. Pese a todo, creo que lo ha hecho mejor que cualquier otro político. Pero no deja de ser político. Y yo no dejo de ser ciudadano. Por lo mismo, no anularé mi voto: mi estatura moral es promedio.

A lo largo de las últimas semanas he visto a muchos rasgarse las vestiduras y pronunciar sus miedos hacia AMLO. Miedos que, me temo, son fruto de un clasismo y un racismo arraigados en la pequeñoburguesía mexicana. O en su clase media más pudiente, para usar otro lenguaje. He visto el desfile de una serie de hombres mayores de 50 años que, conservadores y retrógradas, llaman a las ideas pero recurren a la descalificación artera: apelan a la historia en sus argumentos y luego recuerdan el plantón de Reforma como lo peor que le ha pasado a la nación, como si el legado del PRI en sus casi 100 años de historia no estuviera lleno de momentos de real y sangrienta violencia, para no citar los seis en los que el PAN consiguió casi 90 mil muertos. He visto a mujeres y hombres de mi generación temerosos de que los despojen de sus bienes, ciertos de que AMLO será el próximo Chávez de la región: nada más alejado de la realidad. Hay que informarse. No hay que ver tanta televisión. Hay que combatir la ignorancia, no alimentarla, que estamos sobrados de ella.

México cambió en 12 años, sí. Pero no cambió como nos hubiera gustado que cambiara. El origen del cambio, el punto de partida de la transición hacia una democracia que dista mucho de consolidarse, fue, sí, en el 2000, cuando se votó a un hombre que demostró ser un idiota, hoy más que nunca: sacó al PRI de Los Pinos y ahora, con sus declaraciones desaforadas, quiere meterlo allí de nueva cuenta: Fox no fue, no es más que otro muñeco, insuflado de vida por la coyuntura y no por un proyecto de largo aliento, un proyecto nacional en el que, como todo ciego de poder, su partido no se ha detenido a pensar. Poder mata proyecto. Y gente. Cerca de 90 mil muertos, insisto. Mexicanos desechables, sin nombre, anónimos salvo por el color de su sangre, idéntica a la nuestra. Desde las cabezas de Uruapan hasta los mutilados de Cadereyta, los muertos de Calderón han sido acallados en su evidente elocuencia. No más muertos. Hay que combatir, sí, al crimen organizado. Pero hay que dar grandes pasos para hacerlo: hay que ser un estadista, no un mero repartidor de armas y balas.

¿Representa AMLO ese cambio? No lo creo. Pero sí creo que podría encender la chispa de ese cambio, no sumarse al marasmo de violencia y al envilecimiento de las clases pudientes, tanto políticas como empresariales. En AMLO arde el rescoldo de una izquierda hace tiempo sofocada; pero arde aún, avivado, sí, por todas y cada una de sus contradicciones. Y por todas y cada una de sus virtudes. Si bien su honestidad valiente no me parece a prueba de balas, le creo cuando se dice honesto. Es un político que hizo su carrera de la nada. No es un muñeco arropado y maquillado por las televisoras y los poderes fácticos (de hecho, es un hombre que no luce bien en la televisión, es difícil mediatizarlo, piensa lo que dice y lo dice morosamente): no es, pues, el actor de telenovela que Enrique Peña Nieto encarna, botarga última del priismo y sus cínicos aliados. Tampoco es un títere. Y mucho menos es una mujer confundida de serlo en su “diferencia”, con la mano tachada de azul, como Josefina Vázquez Mota (que es una mujer, sí, luchona: rebasó a su partido sólo para dejarse alcanzar de nuevo y caer de boca en el fango de su mediocridad, mala dicharachera y pésima actriz de superación personal, habitante de mundos imaginarios que, ay, están sólo en su cabeza; es una pena: todo lo rescatable que veo en ella se despinta cuando su voraz oportunismo la opaca).

Me pronuncio, sin más: te daré mi voto, Andrés Manuel, con la esperanza de que seas presidente de México. Y si llegas a serlo, yo, como todos los que te votaremos, me sumaré a un proyecto de reconstrucción nacional, siempre vigilante de tus acciones. Haré lo mismo si no llegas a serlo, también. Quiero que México sea un buen país para mi hija, para los hijos que he hecho míos, para mi familia, para mis amigos, para mis colegas, para todos los mexicanos que tendríamos que aprender, hoy más que nunca, que un presidente no lo es todo.

    • #amlo
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  • 11 months ago
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EPN NO

Llega el momento en el que uno tiene que pronunciarse. Y me pronuncio. Hace varios días ya, mi indignación llegó al límite. Fue la matanza de Cadereyta la que funcionó como detonador último y me hizo perseverar en mi conteo “negativo” hacia el 1 de julio. La consigna: conseguir que EPN no se haga de la presidencia de México. Impedirlo. Alzar la voz y decir, tal cual, “NO EPN”. Es una protesta en solitario (y que le da la bienvenida a quien quiera suscribirla y alzar la voz conmigo), una manifestación de inconformidad ante un candidato que, si bien fue elegido por el PRI como genuino (y, por ley, puede ser presidente de México), me parece un candidato impostado y “aupado” por varios medios de comunicación masivo (y una larga serie de paleros-opinionistas), además de por otros poderes fácticos no tan evidentes. Hoy, llegados al día 43 previo a las elecciones, un pretendido perredista llamado Ariel Aspland me encaró en Twitter y me llamó “denostador” de EPN, además de al servicio del PAN y de JVM (nada más alejado de la realidad: soy apartidista y descreo de la clase política mexicana). Hasta donde sé, no he “denostado” a EPN. Denostar significa “Injuriar gravemente, infamar de palabra”. Podría hacerlo. Podría gritar insultos en mayúsculas. Pero no lo hago. No hace falta. Nada tiene que ver con mi protesta ni con mi conteo “negativo”. Si bien hay vida más allá de las urnas y tendríamos que entender, de una vez por todas, que un presidente está a nuestro servicio y tenemos todo en nosotros para increparlo y vigilar su función pública, me parece que llegado el 1 de julio la decisión que tomemos en la casilla electoral será primordial para el futuro tanto inmediato como a mediano y largo plazo de nuestro país (anularía mi voto si existiera la figura de anulación de una elección: no existe y, acaso, hay que pelear su existencia, demandar que exista esa figura, que si hay un 30 por ciento de votos anulados se anule el proceso; hay tantas otras propuestas por discutir y llevar a cabo). Sí, para cambiar de sistema hay que tener injerencia en el sistema, desde adentro y desde afuera. Si el presidente en turno es autoritario, el asunto se complica y la macana se alza (no olvidemos Atenco, recientemente, ni Tlatelolco, esa cicatriz siempre abierta). EPN me parece la peor opción de todas y lo ha demostrado con hechos y con palabras (tomo prestada la caricatura del Roto, elocuente por donde se la mire). A lo que yo respondo, una vez más y de aquí al 1 de julio (y después, si hace falta): NO EPN.

  • 1 year ago
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samnbk:

cloroformo:

Joan no lo sabe, pero lo suyo es un protofeminismo. Es una mujer que supura sensualidad, sí. ¿Lo ha usado a su favor? Claro. ¿Ve algo de malo en ello? No. Sin embargo, aun estando muy consciente del rol de las mujeres en Sterling Cooper (cuando le dice a Peggy que adelgace, allá en la temporada I); aun habiéndose casado porque sí, aun tolerando ser abusada sexualmente por su propio marido, Joan logra desarrollar algo que -espero- desemboque en feminismo.

Ay, mi momento favorito de este personaje es en el que la incluyen en el análisis de los guiones televisivos… Todo el episodio vemos cómo le gusta el trabajo. El placer que le provoca ser una de las privilegiadas que tiene acceso a ese universo antes de tiempo; la estimulación que recibe de la lectura; los deadlines… En fin, todo. Y el momento en el que le arrebatan (así lo viví yo: se lo arrebataron) el trabajo: su cara, su mirada. Sí: lo acepta sin chistar. Pero eso no era lo importante de esa escena, sino que le doliera. Darse cuenta que sí le gusta eso.

Que le gustara trabajar me quedó claro desde el primer episodio: nadie que camina los pasillos como ella, que maneja a las personas como ella, que pone el orden que ella es capaz de poner lo hace sin que le guste su trabajo; lo que no quedaba claro es que le gustara el tipo de trabajo reservado estereotípicamente para los hombres. Por eso la relación entre ella y Peggy es tan fascinante. (Ay, me acabo de acordar del episodio del chiste sexista y la confrontación entre ellas dos.) (Por eso amo Mad Men: en una escena de un elevador logran resumir pugnas de años entre las feministas.) 

En fin. <3

Source: ssabbiths

  • 1 year ago > ssabbiths
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Miklos 9000 se pronuncia

Si uno lee con atención las columnas de Heriberto Yépez bautizadas como “Archivo Hache” –larga vida a la auto-referencia– y publicadas los sábados en el suplemento Laberinto del diario Milenio, se dará cuenta de que lo que más le preocupa al escritor de Tijuana no es tanto lo que se hace en la república mexicana de las letras sino lo que no se hace. Es raro encontrar nombres en los textos de Yépez: sus críticas y reclamos son en general y a granel, no en específico y con denominaciones claras. Esto, sin embargo, ha cambiado en las últimas semanas, en las que Yépez se ha ensañado con Luigi Amara y también nos ha ofrecido una lista –o un palomeo, recurriendo a su modo de ver las cosas– de lo que él considera narrativa de valía. En su entrega más reciente, Yépez me llama guardaespaldas del pre-canon y, sin detallarlo, me describe con un marcador en mano, poniéndole taches y palomas a la literatura que leo, así como hacía el profesor que enviaba a la señorita Cometa a la tierra (y se me perdonará esta referencia, que muchos lectores, sobre todo los más jóvenes, no entenderán). Si atiendo lo dicho por Yépez en su dictamen sobre el estado de la reseña mexicana actual, yo no tengo derecho a escribir reseñas (en sus palabras: no puedo escribir reseñas) y, siguiendo su derrotero argumentativo, lo único que me queda es ser una especie de ISO-9000 de nuestras letras, es decir, alguien que, sin más, imprime un sello de control de calidad en la portadilla de las obras leídas y apreciadas. Obras que, de acuerdo con Yépez, están escritas bajo el influjo de lo postnorteño, otra de sus mafufas y polémicas y cantinflescas acuñaciones, que muchas veces llaman a la risa y, a ratos, invitan al cuestionamiento: ¿Yépez lee todo aquello que critica o nada más critica a aquellos que leemos lo que a él, desde su atalaya en Tijuana, considera de poco valor o tradicional o en declarada guerra con lo que él considera valioso y trascendente, sea lo que esto sea? Sería interesante que nuestro hombre en la frontera última de México, capacitado para escribir reseñas, las escribiera –él que sí puede, ya que es tanto académico como escritor con una larga lista de libros publicados (aunque luego, ay, no citados ni mentados)–, en vez de comentarlas de paso y, él también, con un marcador rojo en mano, listo para imprimirle su sello de Yépez 9000.

    • #literatura mexicana
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    • #heriberto yépez
    • #iso 9000
    • #señorita cometa
    • #laberinto
    • #milenio
    • #suplemento
    • #archivo hache
    • #tijuana
    • #luigi amara
  • 1 year ago
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About

Avatar David Miklos (San Antonio, Texas, 1970). Escritor y editor. Autor del libro de relatos La vida triestina y de las novelas La piel muerta, La gente extraña, La hermana falsa y Brama.

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