22 de febrero de 2013

Ya no es un bebé pero siempre será mi bebé. Hoy, Anna, mi hija, cumple tres años, ya transformada en una niña que camina y habla y se ríe y hasta discute. Hoy, también, le quitaremos los barrotes a su cuna. Dormirá, por así decirlo, en plena libertad. La pienso dormida en su Moisés, junto a nuestra cama, hace tres años, y pasan ante mí diapositivas que se me antojan añejas, cubiertas de la pátina de luz del tiempo pasado. Tres años, una vida. De pronto, en mi cabeza se escucha “Crazy Love” de Van Morrison, si bien la canción que pongo y que corresponde a este momento, aquí y ahora, es “Into the Mystic”, y así se siente la sangre que corre por mis venas y por las venas de Anna, mezclada con la sangre de MP, mi amor y su mamá. Anna luego dice: “¿Mamá es tu amor?” Y yo: “Sí, es mi amor.” Y es el amor con el que hicimos a Anna, que ahora lo recuerda todo. No digo más. Canto.






